Selva de Irati

“El Bosque de los bosques”, un cielo de hayas tamiza los rayos de sol. El silencio adultera la sonoridad del bosque. Un chasquido es un crujido, una voz ocupa el espacio de dos. En la estación de la madurez, el verde se refugia en el azul y la lluvia caduca forma embalses ocres que todo lo bañan.

La Selva de Irati en otoño es un enclave que no dejará indiferente a nadie. Situado en los valles de Aezkoa y Salazar, en el Pirineo Navarro, el bosque está considerado como uno de los mayores hayedo-abetales de Europa. Es un lugar mágico que transmite una fuerza prodigiosa, la misma que se le atribuye a Basajaun, personaje de la mitología vasca también llamado “el Señor de los Bosques” y que habita, cuenta la leyenda, en el bosque de Irati. No muy lejos de allí encontramos Roncesvalles, localidad conocida por ser el punto de partida del Camino Francés y también origen de la batalla que inspiró el famoso poema Chanson de Roland, el cantar de gesta más antiguo escrito en lengua romance.

Etapa

En esta ocasión, partimos desde Orbaitzeta, una bella localidad situada en la alborada del Pirineo Navarro. La ruta es circular, por lo que dejamos el coche en el parking que hay en el pueblo. Iniciamos la ruta desde el mismo parking, siguiendo la carretera que sale del pueblo en dirección norte. Al cabo de unos 600-700 metros, sale por nuestra derecha una pista que debemos coger. Esta pista se consolida en el Camino del Canal de Betolegi, un camino que nos llevará por la vera del río Irati durante 7,5 kilómetros. La pista pronto se transforma en senda, y la senda, como el Guadiana, aparece y desaparece bajo las hojas que el otoño ha postrado en el terreno. Sin embargo, no hay pérdida posible. Siempre vamos a estar situados entre el río y el Canal, un conducto de hormigón que vigilará nuestras pedaladas a cada momento. En este tramo el terreno es técnico, subidas y bajas escarpadas que exigirán de nosotros especial prudencia, junto con tramos llanos que nos concederán ligeras treguas. Al final del tramo, desembocamos (nunca mejor dicho) en la presa de Irabia. La cruzamos y tomamos la senda que bordea el Embalse de Irabia por su parte Sur.

El tramo se prolonga durante 4 kilómetros, una senda castigada por las lluvias, y con el fango acechando en cada metro que avanzamos, pero de una belleza espontánea y húmeda. Al llegar al extremo este del embalse, tomamos por nuestra derecha una pista forestal que nos conducirá a las casas de Irati. Aproximadamente 4 kilómetros de buena pista, con leves repechos, que finalizan en la Casa del Parque y el parking. En este punto, reponemos fuerzas e iniciamos el regreso. Para ello, repetimos el último tramo de 4 kilómetros pero, esta vez, al llegar al mismo cruce donde cogimos la pista, seguimos por ella sin abandonarla en dirección norte, bordeando el embalse por su cabecera norte. Es la pista de Iraibea. Este tramo es cómodo, de unos 7 kilómetros, y alberga las mejores vistas de la ruta: majestuosas hayas ocres, bañadas por el Sol, jalonan los límites del embalse. Al llegar al extremo oeste del embalse, nos topamos con un parking y desde aquí seguiremos por la pista, ya de hormigón. Son unos 10-11 kilómetros, con un prominente repecho al inicio y un rápido descenso en su parte final. La parte final corresponde al Camino de Irati, que comienza más o menos al coronar. Llegamos a la carretera, salimos hacia la izquierda y en dos kilómetros llegamos a Orbaitzeta, con la mochila llena de emociones y una agitación sensorial permanente.

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Acerca de montilleta

Mi primera bicicleta fue una Rabasa, roja, de ruedas gordas y blancas y con ruedines. Pronto quise deshacerme de aquellos ruedines, quería imitar a mi hermano con su Torrot y trataba de pedalear sin tener que apoyarme en ellos. El día esperado llegó y fue el primero que recuerdo con una nitidez deslumbrante a lomos de una bici, buscando el equilibrio por la calle Isla de Chipre, en la playa de Oliva, bajo la atenta mirada de mis padres y hermano. Tenía 4 años. Desde entonces, la bicicleta y el ciclismo me han acompañado siempre. A los 13 años tuve mi primera bici de carreras, una Stelvio de segunda mano que me permitió emular, en las Sierras de Gallinera y Mustalla, las grandes gestas de aquellos ciclistas legendarios que captaban toda mi atención: Kelly, Hermans, Perico, Induráin, Cubino, Abdoujaparov... Luego vino la universidad y la bici pasó a desempeñar un papel funcional, ayudándome a salvar la distancia que existía entre Benimaclet y la Politécnica de un modo ajustado a mi economía. Luego llegué a Madrid, llegó la BTT y llegó una pasión renovada. Hoy en día voy a trabajar en bici, disfruto como un enano los fines de semana y comparto día a día mi gran pasión con los Buffalos Bikers, esos locos de la biela que ya formamos una gran familia.

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