Hayedo de Tejera Negra

La primera vez que estuve en el Hayedo, un otoño, quedé prendado por sus colores, desde verdes aceituna hasta rosáceos, todos ellos fundidos por un crisol cromático que confería al bosque un aspecto de unidad y unicidad. Además, visité los pueblos negros que, como almenaras, custodian el entorno próximo del Hayedo. El trastabillo sensorial fue tal que tuve que volver a la semana siguiente, con el fervor con el que un enamorado anhela ver a su amor otra vez. Ni un ápice de su embrujo ha perdido aún hoy y, siempre que puedo, me escapo para enredarme entre sus ramas y abrazar sus esencias.

La ruta es de especial interés porque se trata del hayedo más meridional de Europa y el mayor del Sistema Central. El Hayedo comprende el tramo alto de dos valles de típico perfil fluvial, el valle del Lillas y el valle del Zarzas, que se disponen paralelos, con una única orientación noroeste-sureste. Están flanqueados por altas y afiladas cresterías rocosas.

Etapa

Es una ruta de baja-media exigencia física y técnicamente no supone ningún problema. La etapa la iniciamos en el Centro de Interpretación del Parque Natural del Hayedo de Tejera Negra, un entorno envidiable que recomiendo encarecidamente realizar andando. Tras unos pocos metros por la carretera que conduce al parking del Hayedo (no confundir con el parking donde está el Centro de Interpretación), tomamos una pista a la derecha que inicia un ligero y continuado ascenso por la parte norte del valle. Las vistas son de gran belleza. Una vez alcanzamos una cota relativamente elevada, comenzamos a bajar en dirección al Hayedo. La pista es buena, con agarre, y nos permite disfrutar de lo lindo. Durante el recorrido, vamos atravesando zonas boscosas, prados con su ganado paciendo y una mezcla de las dos. Pinos, hayas y robles son los árboles que vigilan cada pedalada que damos. De esta guisa, llegamos a un sendero muy escarpado que nos lleva en una expeditiva bajada hasta el parking del Hayedo. Lo cruzamos y tomamos una pista que sube por la ladera que hay al sur del Hayedo y se dirige hacia el oeste.

A los pocos kilómetros, encontramos a nuestra derecha la Senda Carretas. Al no ser otoño y no estar muy transitada la senda, nos adentramos por ella y disfrutamos de un camino enigmático y hechizante, tanto es así que a medio camino encontramos un Tejo, árbol conífero cuyas hojas contienen alcaloides tóxicos que pueden llevar a la muerte a una persona en un breve espacio de tiempo. De hecho, está perfectamente delimitado y no se permite aproximarse a él. Culminamos el trayecto por la senda en la cima del Hayedo, tomamos un tentempié y volvemos por la misma senda para recuperar al final de la misma la pista por la que veníamos. Seguimos por nuestra derecha y bajamos. La pista se prolongará durante varios kilómetros y nos apeará cerca del final de la ruta, en la misma carretera que nos conduce al Centro de Interpretación. Hasta aquí una ruta de gran valor paisajístico y de fácil ejecución. En este último punto, para los más avezados y alojados en Majaelrayo, cabe la posibilidad de regresar al pueblo por una pista de unos 18km. La pista es de piedra blanca y polvorienta. No es un tramo especialmente interesante pero es de una dureza importante.

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Acerca de montilleta

Mi primera bicicleta fue una Rabasa, roja, de ruedas gordas y blancas y con ruedines. Pronto quise deshacerme de aquellos ruedines, quería imitar a mi hermano con su Torrot y trataba de pedalear sin tener que apoyarme en ellos. El día esperado llegó y fue el primero que recuerdo con una nitidez deslumbrante a lomos de una bici, buscando el equilibrio por la calle Isla de Chipre, en la playa de Oliva, bajo la atenta mirada de mis padres y hermano. Tenía 4 años. Desde entonces, la bicicleta y el ciclismo me han acompañado siempre. A los 13 años tuve mi primera bici de carreras, una Stelvio de segunda mano que me permitió emular, en las Sierras de Gallinera y Mustalla, las grandes gestas de aquellos ciclistas legendarios que captaban toda mi atención: Kelly, Hermans, Perico, Induráin, Cubino, Abdoujaparov... Luego vino la universidad y la bici pasó a desempeñar un papel funcional, ayudándome a salvar la distancia que existía entre Benimaclet y la Politécnica de un modo ajustado a mi economía. Luego llegué a Madrid, llegó la BTT y llegó una pasión renovada. Hoy en día voy a trabajar en bici, disfruto como un enano los fines de semana y comparto día a día mi gran pasión con los Buffalos Bikers, esos locos de la biela que ya formamos una gran familia.

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