El fín del principio

Hoy es el día. Las alforjas ahítas. Una pléyade de artículos se hacina en el trenzado impermeable que guarecerá nuestras pertenencias del inclemente. Nos enfundamos el atuendo ciclista y nos transformamos en un personaje de singular catadura ataviado con unas mallas ceñidas y un casco ruidoso, guarnecido por nuestra bicicleta y agasajado por un sinfín de artefactos que serán los testigos del viaje que emprendemos. Somos una especie de maceta rodante coronada por un exótico pimpollo. Y este pimpollo, como cualquier otro, es el resultado de un lento y meticuloso proceso. El viaje que hoy emprendemos germinó semanas, meses e, incluso, años atrás. La gestación de una idea que el tiempo moldeó, la condensación de la experiencia, la emoción y el anhelo acumulados. Hoy salimos a rodar con las alforjas llenas de horas sin dormir, con las piernas henchidas de un vigor que los kilómetros menguarán y con la mente guisando nuestro vital nutriente en este viaje: pasión. La carretera será nuestro camarada inseparable, la quietud nos hará olvidar el nerviosismo urbano y la soledad completará un pasaje atestado de certidumbres e incertidumbres. Ya ningún obstáculo posee la suficiente entidad para frenarnos. Nada logrará impedir que alcancemos nuestra meta porque, de hecho, ya la hemos alcanzado: mantener la determinación y la valentía de perseguir nuestros sueños.

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Acerca de montilleta

Mi primera bicicleta fue una Rabasa, roja, de ruedas gordas y blancas y con ruedines. Pronto quise deshacerme de aquellos ruedines, quería imitar a mi hermano con su Torrot y trataba de pedalear sin tener que apoyarme en ellos. El día esperado llegó y fue el primero que recuerdo con una nitidez deslumbrante a lomos de una bici, buscando el equilibrio por la calle Isla de Chipre, en la playa de Oliva, bajo la atenta mirada de mis padres y hermano. Tenía 4 años. Desde entonces, la bicicleta y el ciclismo me han acompañado siempre. A los 13 años tuve mi primera bici de carreras, una Stelvio de segunda mano que me permitió emular, en las Sierras de Gallinera y Mustalla, las grandes gestas de aquellos ciclistas legendarios que captaban toda mi atención: Kelly, Hermans, Perico, Induráin, Cubino, Abdoujaparov... Luego vino la universidad y la bici pasó a desempeñar un papel funcional, ayudándome a salvar la distancia que existía entre Benimaclet y la Politécnica de un modo ajustado a mi economía. Luego llegué a Madrid, llegó la BTT y llegó una pasión renovada. Hoy en día voy a trabajar en bici, disfruto como un enano los fines de semana y comparto día a día mi gran pasión con los Buffalos Bikers, esos locos de la biela que ya formamos una gran familia.

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