Arquitectura Negra

El regreso a los orígenes es como la  vuelta al seno materno, es el reencuentro con la calidez y el nutriente que nos permitió transitar de la ausencia a la presencia. De la misma manera que las semillas brotan en la tierra, estamos predestinados a crecer, pero al igual que ellas, el tallo nos afianza y nos recuerda nuestra genésis. El tiempo se detuvo años atrás en los pueblos negros de Guadalajara. El éxodo rural, el aislamiento y la falta de recursos sentenciaron el desarrollo de estos pueblos que hoy en día acomodan su existencia a los días de asueto de aquéllos cuyos padres un día emigraron a la ciudad, tal vez en busca de una vida mejor. Transitar por estos lares es reconocernos, es mirar hacia abajo y contrastar decenas de años de desarrollo, siglos de evolución. Transitar por los pueblos negros es rendir homenaje a nuestras raíces y es muestra de gratitud.

Etapa

Una excelente ruta que transcurre por los dominios de la Sierra de Ayllón, en Guadalajara. La etapa comienza en Majaelrayo, un magnífico ejemplo de Arquitectura Negra, con casas y establos construidos íntegramente con pizarra negra y una bella iglesia coronada por una esbelta espadaña con hueco para dos campanas. También se dio a conocer por un anuncio publicitario del Mitsubishi Montero en los 90, donde se hizo famoso el “abuelo de Majaelrayo”. Desde la misma puerta de la Casa Rural donde nos alojamos, Las Cabezadas, tomamos una pista que sale en dirección sur en ligero descenso. Tras varios kilómetros y vadear un par de arroyos, llegamos a Campillejo, otro bonito pueblo negro. Desde aquí cogemos la carretera para salvar un importante desnivel que por la pista, al menos desde lejos, nos parecía difícil superar sin bajarse de la bici. Tras no más de un kilómetro por carretera, cogemos un desvío que sale a nuestra izquierda para retomar la pista que, esta vez, nos adentra en una zona boscosa de pinos. Tras unos pocos kilómetros, llegamos a la carretera que lleva a Tamajón y seguimos por la derecha, dirección oeste, donde al poco, llegaremos al cruce con la carretera que lleva a Majaelrayo y seguiremos de frente por una pista bien señalizada. Aquí iniciamos un continuado ascenso, seguido de un suave descenso que nos llevará hasta el Embalse de El Vado, bordeándolo por el sur y atravesando los dos puentes que nos permiten seguir por el margen oeste de la presa en dirección norte.

En este momento estamos en el ecuador de la etapa. Desde la presa, punto de menor altitud de toda la ruta, comenzamos a un bello ascenso que nos permite disfrutar de unas impresionantes vistas del valle, además de poder ver algunos contornos de las casas que componían el pueblo de El Vado, antes de ser abandonadas tras la construcción de la presa. Siguiendo esta pista, tras subir, baja y subir, el paisaje nos hace un regalo inesperado: La Vereda. La Vereda es una aldea abandonada de unas 30 casas, en plena sierra, un lugar mágico. Actualmente la Asociación Cultural La Vereda dedica sus esfuerzos a recuperar la población habiendo conseguido restaurar, con el mismo estilo arquitectónico, un buen número de casas que se habitan los fines de semana y en vacaciones. Allí mismo reponemos agua en una refrescante fuente. Seguimos desde allí por la pista en falso llano y descenso hasta Matallana, otra aldea en fase de recuperación. Desde aquí, tomamos un sendero en descenso y bastante endurero que nos llevará hasta un puente recién restaurado que cruza el río Jarama, un bonito paraje. Y desde el puente, tras superar unos importantes desniveles por pista, llegamos hasta Roblelacasa y, seguidamente, Campillo de Ranas. Tomamos la carretera dirección a Majaelrayo y finalizamos la etapa.

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Acerca de montilleta

Mi primera bicicleta fue una Rabasa, roja, de ruedas gordas y blancas y con ruedines. Pronto quise deshacerme de aquellos ruedines, quería imitar a mi hermano con su Torrot y trataba de pedalear sin tener que apoyarme en ellos. El día esperado llegó y fue el primero que recuerdo con una nitidez deslumbrante a lomos de una bici, buscando el equilibrio por la calle Isla de Chipre, en la playa de Oliva, bajo la atenta mirada de mis padres y hermano. Tenía 4 años. Desde entonces, la bicicleta y el ciclismo me han acompañado siempre. A los 13 años tuve mi primera bici de carreras, una Stelvio de segunda mano que me permitió emular, en las Sierras de Gallinera y Mustalla, las grandes gestas de aquellos ciclistas legendarios que captaban toda mi atención: Kelly, Hermans, Perico, Induráin, Cubino, Abdoujaparov... Luego vino la universidad y la bici pasó a desempeñar un papel funcional, ayudándome a salvar la distancia que existía entre Benimaclet y la Politécnica de un modo ajustado a mi economía. Luego llegué a Madrid, llegó la BTT y llegó una pasión renovada. Hoy en día voy a trabajar en bici, disfruto como un enano los fines de semana y comparto día a día mi gran pasión con los Buffalos Bikers, esos locos de la biela que ya formamos una gran familia.

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